Multiplico-me

martes, 29 de septiembre de 2009

Mis refugios más bellos, los lugares que se adaptan mejor a los colores últimos de mi alma, están hechos de todo lo que los otros olvidaron.

Acorralaste mi alma, moldeándome tres veces en la cera funesta:
una con los estigmas de la separación
que traspasan las vendas desde el porvenir hasta el pasado;
la segunda, con la nube interior que perpetúa el desasimiento y la caída;
la tercera, con esas incrustaciones de azabache que convocan las obsesiones y el pavor
y que no se disuelven ni bajo el ácido de la costumbre ni bajo el bálsamo de ninguna fe.
Es como balancearse en el vacío,
teñida por tres veces con el color de la otra orilla.
Confundiste mis pasos anudando la soga del destino
a una catedral que se deshizo en polvo contra el acantilado,
a una barca que huía encandilada por el sol de las vertiginosas islas,
a una torre que anduvo entre tembladerales y que cayó partida por el rayo.
Y siempre, en todas partes, tus aliadas,
esas merodeadoras de los muelles esperando el naufragio,
las hijas de la serpiente derribando mi silla desde el árbol de la tentación,
la mujer con corona de lata profanando las ruinas.

¿Y ahora dónde está la casa blanca con la franja ultramar
que bebería el cielo inagotable en una copa del Mediterráneo?
Molida con cal devoradora en tus morteros.
¿Dónde los niños, cada uno con su clave secreta,
deslizándose como una misteriosa constelación sobre la hierba?
Fundidos con las semillas de mi raza en tu crisol de hierro.
¿Dónde, dónde la hora bienaventurada que rueda hasta el regazo
más indemne que un prisma capaz de recomponer toda la luz del inocente paraíso?
Fue la que hirvió mejor en tus negras marmitas.

Trabaste con agujas de hielo mis palabras, mi único talismán en las tinieblas,
y extrajíste con hondas incisiones su forma y su color
vaciando sus almendras y evaporando su sentido;
a veces las dejaste entre puertas cerradas en laberintos insolubles
que siempre desembocan en una cámara circular de aguas estancadas
donde se disputaron sus despojos los extintos fulgores, los ecos y los vientos.
En algún lado hiciste castillos de papel con mis fracasos.

Me soltaste tus perros
junto con la jauría innominada que hizo una madriguera de mis noches.
Engendros de aquelarres incubados en las cocinas subterráneas,
alimañas surgidas del “sueño de la razón” en insomnes bestiarios,
sabandijas fraguadas en el reverso de todas las tentaciones de los santos,
probaron mis resortes hasta las últimas alertas del acosado yo,
hasta el chirrido de los engranajes que fijan las protectoras apariencias
solamente hasta aquí, solamente hasta ahora,
en esta incomprensible maquinaia del mundo.

Se quebró el maleficio.
Se rompió como un huevo, como una rama seca, como un anillo inútil.
Acaso sea poco lo que queda:
la inquebrantable fe, el insistente amor, las ataduras con todo lo imposible
y esta desesperada y prolija costumbre de probarme las almas, los vocablos y la muerte.

Ahora planeas, lejos, con el humo que no vuelve.
Visto desde tu lado
ese pájaro negro es la victoria y vuela con tus alas.

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